"Ventana abierta"
‘Reflexiones del alma’ de Águeda Rey
Me ha ocurrido muchas veces y siempre acabo
triste. De tantas como han sido no puedo ni decir un número. Sacerdotes y
laicos que se me acercan para rezar por mí imponiéndome las manos con la
esperanza de curarme por su intercesión. Me entristece ver la decepción en sus
ojos.
Me gustaría decirles que recibo mucho más
de lo que piensan, porque la curación del cuerpo es fácil en comparación con la
curación y transformación del corazón; y yo necesito mucho más de ésta que de
aquélla. Hasta el momento, la transformación ya ha sido gigantesca, pero
no completa.
En la época de Jesús la gente se le acercaba y
con sólo tocar la orla de su manto se curaban. Ahora que tenemos una intimidad
con Él infinitamente superior por la Comunión, no hay tantas curaciones.
Es razonable preguntarse por qué, aunque yo no
perdería el tiempo. Sin embargo creo que el mismo Jesús esboza una explicación
en un pasaje relatado por los tres sinópticos y creo interesante verlo aunque
me vaya un poco del tema que quiero contar. Es el del paralítico que sus amigos
descuelgan por el techo (Mt 9,1-8; Mc 2,1-12; Lc 5,17-26). En todos los casos
dice de forma parecida lo siguiente:
Él, viendo la fe de ellos,
dijo: «Hombre, tus pecados están perdonados».
La fe de ellos es grande, pero Jesús vio en esa
fe algo diferente al resto, porque le concede lo más grande, el perdón. O sea,
aquello por lo que Dios se ha encarnado. Supongo que el resto de sanados
también fueron perdonados, pero los Evangelios no lo cuentan. Y supongo también
que en este caso Jesús tenía la intención de lo que ocurre después: ante los
malintencionados pensamientos de los fariseos, Jesús dice:
¿Qué es más fácil, decir: “Tus
pecados te son perdonados”, o decir: “Levántate y echa a andar”? Pues, para que
veáis que el Hijo del hombre tiene poder en la tierra para perdonar pecados
—dijo al paralítico—: “A ti te lo digo, ponte en pie, toma tu camilla, vete a
tu casa”».
Está claro que es más fácil decir que los
pecados sean perdonados, ya que el resultado no es palpable, pero no más fácil
hacerlo, dado que sólo Dios puede perdonarlos. Qué inteligente golpe de efecto
para dejar claro a los fariseos que están ante el mismísimo Dios.
Con esto, yo entiendo que está diciéndonos
que la razón de las curaciones es mostrar el sentido real de su venida,
que Dios se ha hecho hombre para perdonar a los hombres sus pecados y darles la
Vida eterna. Con su muerte, resurrección y ascensión queda todo dicho. Por ello
las curaciones de ahora son testimoniales de ámbito particular.
Bueno, ya me he pasado con el inciso; ahora que
me acuerde de lo que quería contar. A ver cómo encuentro el hilo.
Ahora hay menos curaciones, pero haberlas haylas.
Por ello nunca pierdo la esperanza. Pero quiero decir que para mí, cada
vez que surge la oportunidad de la intercesión, experimento un nuevo
Getsemaní.
Una lucha interior entre mi particular «si es
posible, pase de mí este cáliz» y la libre aceptación del «pero no se haga mi
voluntad sino la tuya». No penséis que por ser duro no estoy dispuesta; muy al
contrario, es ocasión de renovar mi entrega amorosa a Dios.
Y nadie debe pensar que Dios no escucha
nuestras plegarias, como tampoco desoyó la de Jesús. No nos da lo que pedimos
porque, no dándonoslo, nos puede dar algo infinitamente mejor.
A Jesús le dio, no sólo su propia resurrección,
sino lo que es su Gloria; en palabras de S. Ireneo de Lyon:
La Gloria de Dios es que el
hombre viva
Es decir, nos abre de par en par las puertas
del Cielo para una Vida plena como hijos de Dios y así Él es glorificado.
Y a mí ¿qué me dará? La vida eterna ya me
parece mucho, pero seguro que no se deja ganar en generosidad. Esta es mi
esperanza:
«Bienaventurados los que lloran
porque ellos serán consolados» (Mt 5,5).


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