"Ventana abierta"
P. Leonardo Molina García. S.J.
EL
TESTIMONIO DE JUAN BAUTISTA
Fe
Adulta
Segundo
domingo del Tiempo Ordinario. Ciclo A
José
Luis Sicre
El domingo pasado recordamos el Bautismo
de Jesús. En la versión de Marcos y de Lucas, Juan Bautista no dice nada. En la
de Mateo, entabla un breve diálogo con Jesús, porque no comprende que venga a
bautizarse. El cuarto evangelio sigue un camino muy distinto: Jesús va al
Jordán, pero no cuenta el bautismo; en cambio, introduce un breve discurso de
Juan Bautista. Es el texto que se lee este domingo (Jn 1,29-34).
Triple esfuerzo de imaginación
Para entender este texto conviene realizar
un triple esfuerzo de imaginación: 1) imaginar que somos jóvenes; 2) imaginar
que vivimos hace veinte siglos en Palestina; 3) imaginar que somos discípulos
de Juan Bautista, y no hemos oído hablar nunca de Jesús. Hemos hecho quizá un
largo y molesto viaje para escuchar a Juan y hacernos bautizar por él, hemos
renunciado a todo para convertirnos en discípulos suyos. Juan es el personaje
más grande en nuestra vida. De repente, aparece Jesús, un desconocido, y lo que
Juan dice nos desconcierta por completo.
Al desconocido lo presenta, en primer
lugar, como el cordero de Dios que quita el pecado del mundo.
Fórmula extraña, que ninguno entiende muy bien, pero que sugiere una estrecha
relación con Dios y con el perdón de los pecados. Hemos ido buscando un
bautismo para el perdón de los pecados, y ahora encontramos a un personaje que
los quita.
Sigue Juan diciendo que ese
desconocido está por delante de mí, porque existía antes que yo. Y
lo miramos extrañados, intentando convencernos de que Jesús es más viejo,
aunque Juan lo parece mucho más, quizá por culpa de tantas penitencias y por
alimentarse solo de saltamontes y miel silvestre. Pero tenemos la sensación de
que Juan no se refiere sólo a la edad: está sugiriendo que ese desconocido es
mucho más importante que él.
Y esto queda claro cuando añade: He
contemplado al Espíritu que bajaba del cielo como una paloma, y se posó sobre
él. Entre nosotros hay algunos conocedores de la teología judía, y se
asombran de esto porque muchos rabinos afirman que el Espíritu de Dios lleva
siglos sin manifestarse. Muy grande tiene que ser ese desconocido, sobre todo
teniendo en cuenta que no solo recibe el Espíritu, sino que también lo
transmite en un nuevo bautismo, distinto del de Juan.
Finalmente, termina dando testimonio de
que éste es el Hijo de Dios, una forma de referirse al rey de Israel, al
que Dios adopta como hijo. (Lo dejan claro las palabras que pronunciará poco
más tarde Natanael, dirigiéndose a Jesús: «Tú eres el hijo de Dios, tú eres el
rey de Israel»: Jn 1,49).
Los oyentes de Juan se preguntarían
asombrados: ¿quién es este que quita el pecado del mundo, que es más importante
que Juan, sobre el que se ha posado el espíritu, que da el espíritu en un nuevo
bautismo, que es el rey de Israel? Sin duda, debe tratarse del Mesías, aunque
no lo parezca.
Leyendo el evangelio (Juan 1,29-34).
Contemplar la escena es un recurso
magnífico para profundizar en el evangelio y entenderlo, pero la lectura
«científica» ayuda también a descubrir nuevos aspectos.
El más importante es que Juan Bautista no
pronunció este discurso: sus palabras son un recurso del evangelista para
suscitar en nosotros, desde el primer momento, la curiosidad y el interés
por el protagonista de su historia. Y no sólo esto, sino también una respuesta
personal, idéntica a la que refleja el episodio inmediatamente posterior (Jn
1,35-37, que no se lee este domingo). Al día siguiente estaba Juan con
dos de sus discípulos. Viendo pasar a Jesús, dijo: Ahí está el Cordero de Dios.
Los discípulos, al oírlo hablar así siguieron a Jesús. Esta vez no
pronuncia Juan un largo y complicado discurso. Basta una simple referencia,
enigmática, al cordero de Dios. Lo importante es que la curiosidad y el
interés dan paso al seguimiento.
Cuando se relee el texto diez o quince
veces (algo imprescindible para entender el cuarto evangelio) se advierten dos
bloques de afirmaciones:
El primero se refiere a Jesús, del que
Juan dice: 1) Es el cordero de Dios que quita el pecado del mundo; 2) está por
delante de mí porque existía antes que yo; 3) el Espíritu su posó sobre
él y bautizará con Espíritu Santo; 5) es el Hijo de Dios.
Son afirmaciones que se complementan,
componiendo un mosaico de la figura de Jesús: empieza hablando de su relación
con el mundo, del que borra sus pecados; luego de su relación con Juan;
finalmente de su relación con Dios y con su Espíritu. Un personaje del que solo
se puede esperar lo mejor y que provoca asombro y deseo de conocerlo.
El segundo bloque de afirmaciones se
refiere a Juan: 1) he anunciado la venida de uno más importante; 2) dos veces
repite «yo no lo conocía»; 3) pero «he salido a bautizar para que sea
manifestado a Israel»; 4) he contemplado al Espíritu bajar sobre él; 4) lo he
visto y doy testimonio.
También estas afirmaciones se
complementan, esbozando la misión del Bautista y su descubrimiento de Jesús,
desde que Dios lo envía a bautizar hasta que se encuentra con el personaje
anunciado. En la visión que ofrece el cuarto evangelio, la vida de Juan Bautista
solo tiene sentido al servicio de Jesús, dándolo a conocer a los demás.
Algo que podría desilusionar o desconcertar a sus discípulos, pero que debe
moverlos a aceptar a Jesús, igual que hizo su maestro.
Dos notas:
‒ La imagen del «cordero de Dios», que no
coincide exactamente ni con la del cordero pascual, ni con la del chivo
expiatorio del Yom Kippur, recuerda bastante al personaje misterioso de Isaías
53 que se ofrece a morir por el pueblo y marcha a la muerte «como un
cordero llevado al matadero», sin protestar ni abrir la boca. Teniendo en
cuenta que en ámbito cananeo el símbolo de la divinidad era el toro, por su
fuerza y bravura, elegir al cordero significa un cambio radical, una opción por
lo débil y suave.
‒ «El pecado del mundo» es una fórmula que
solo se encuentra aquí, y resulta difícil saber en qué consiste el pecado del
mundo. Una pista la ofrece la primera carta de Juan: «Cuanto hay en el mundo,
la codicia sensual, la codicia de lo que se ve, el jactarse de la buena vida,
no procede del Padre, sino del mundo» (1 Jn 2,16). Todo eso sería lo que
elimina Jesús. Pero la cuestión es discutida.
La doble misión del Siervo de Dios y de
Jesús (Is 49,3.5-6)
El protagonista de esta lectura es un
personaje misterioso que aparece al final del libro de Isaías. Uniendo diversos
poemas de los capítulos 42, 49, 50 y 53 se esboza la figura de un “Siervo de
Yahvé”, al que Dios encomienda la misión de convertir a los judíos desterrados
en Babilonia (de la salvación política se encargará el rey persa Ciro). El
Siervo, después de una etapa inicial de entusiasmo, atraviesa una profunda
crisis, pensando que todo su esfuerzo ha sido inútil. Entonces, el Señor le
renueva la misión con respecto a Israel e incluso se la amplía, extendiéndola a
todo el mundo.
Este poema de Isaías ayuda a entender la
misión de Jesús de “quitar los pecados del mundo”. Una misión que implica dos
aspectos. El primero, relativo al pueblo de Israel, consiste en
convertirlo al Señor; de hecho, su mensaje inicial será “convertíos y creed en la
buena noticia”. El segundo se refiere al mundo entero: iluminar a todas las
naciones para que la salvación de Dios alcance hasta el fin del mundo; sus
rápidas visitas a Fenicia y la Decápolis, su buena relación con los
despreciados samaritanos, simbolizan y anticipan la misión universal de la
Iglesia, sin fronteras ni muros.
Nota sobre la segunda lectura (1 Corintios
1,1-3)
Desde este domingo hasta el séptimo del
Tiempo Ordinario (este año 2023 la Cuaresma comienza el 26 de febrero), la
segunda lectura se dedica a diversos fragmentos de la Primera Carta a los
Corintios, de enorme interés para conocer diversos problemas de la iglesia
primitiva. En la liturgia dominical solo se leen los capítulos 1-3). Pueden
animarnos a leer en privado esta carta.



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