"Ventana abierta"
De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)
Faltan solamente ocho
días para esa gran noche en que nuestro Señor y Salvador irrumpirá en la
historia de la humanidad trayendo consigo la salvación, la Vida eterna, para
compartirla con todos los que escuchen su Palabra y la pongan en práctica (Cfr. Lc 8,21).
La primera lectura, tomada del profeta Isaías (56,1-3a.6-8), nos anuncia
que en los tiempos mesiánicos, contrario a la concepción judía, la salvación no
alcanzaría solamente al “pueblo elegido”, sino a todos los que acepten Su
mensaje: “A los extranjeros que se han unido al Señor, para servirlo, para amar
el nombre del Señor y ser sus servidores, … los traeré a mi monte santo, los llenaré de júbilo en
mi casa de oración, … porque mi casa es casa de oración, y así la llamarán
todos los pueblos”. Otras versiones de este pasaje dicen: “los alegraré en mi
casa de oración”.
Como vemos, la liturgia continúa el tono alegre, de celebración gozosa, de
expectación que caracterizó el domingo gaudete,
el tercer domingo de Adviento que marcó el comienzo de esta semana. Y dentro de
este ambiente de expectación gozosa, la Provincia Eclesiástica de Puerto Rico
celebra hoy la memoria obligatoria de la Expectación
del parto de la Bienaventurada Virgen María.
Esta fiesta fue instituida en el siglo XVII (año 656), fijándose para ocho
días antes de la Navidad, o sea, el 18 de diciembre (en Puerto Rico se celebra
el 16 de diciembre). La razón que se dio para fijar esta festividad litúrgica
fue que, como la Fiesta de la Anunciación cae dentro del tiempo penitencial de
Cuaresma, lo que impide celebrarla con toda la solemnidad y el regocijo que
merece, se imponía esta segunda fiesta para dar realce al misterio de la
Encarnación del Verbo.
¿Y qué mejor tiempo para esta celebración que el Adviento, que está lleno
del regocijo de la espera gozosa del nacimiento del Salvador? El tiempo de
Adviento es definitivamente, auténtico mes de María, pues gracias a Ella, y a
su Sí, que dio paso a la plenitud de los tiempos, podemos recibir a Cristo.
Esta festividad se conoce también como la de Nuestra Señora de la O, y
Nuestra Señora de la Esperanza. Así, hoy es el santo de aquellas mujeres que se
llaman María de la O, y Esperanza.
El primer nombre se deriva del hecho de que la fiesta comenzaba con las
primeras vísperas, el día anterior, en las que se canta la primera de las
antífonas mayores llamadas “O”, por comenzar todas ellas con esta exclamación.
Con el tiempo, la religiosidad popular relacionó la “O” con el avanzado estado
de embarazo de la Virgen para esta fecha, cuyo vientre se mostraba redondo como
esa vocal.
La advocación de Nuestra Señora de la Esperanza es obvia, esta celebración
es una de esperanza, porque la Virgen lleva en su vientre el Mesías que había
sido esperado por los Patriarcas, los profetas y todo el Pueblo de Israel desde
el momento de la caída (Gn 3,15).
Esta festividad debe estimularnos a ejercitar la virtud teologal de la
esperanza, poniendo toda nuestra confianza en Jesús y María, para que no
flaquee nuestra aspiración al Reino de los cielos y a la vida eterna como
felicidad nuestra.
Hoy es un buen día también para ofrecer nuestras oraciones y actos de piedad por todas las mujeres embarazadas, para que la Virgen las asista y proteja, así como por aquellas que experimentan dificultad para concebir, y para que no haya más abortos que cobren la vida de santos inocentes.



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