"Ventana abierta"
RINCÓN PARA ORAR
EL GRANO HA DE MORIR, PARA DAR FRUTO
24 En verdad, en verdad os digo:
si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, da
mucho fruto.
25 El que ama su vida, la pierde;
y el que odia su vida en este mundo, la guardará para una vida eterna.
26 Si alguno me sirve, que me
siga, y donde yo esté, allí estará también mi servidor. Si alguno me sirve, el
Padre le honrará. (Jn.
12, 24-26)
El ejemplo que nos pone Jesús de un grano de trigo para
explicar a los oyentes la dinámica de la vida, es un ejemplo feliz.
No sólo porque todos le entienden bien, sino porque está cargado
de belleza y de toda la fuerza que Dios ha dado a cada criatura creada
por Él, aunque sea un insignificante grano de trigo. Pero
Jesús, lo aplica al alma del cristiano y en general a todo
hombre, pues, ¿quién puede decir que tiene vida sino aquel que la
entrega y en este acto de amor la recibe centuplicada?
Todos somos esa pequeña semilla que no está destinada a
ser admirada en un escaparate, sino a seguir su ciclo vital, poniéndose bajo la
tierra y esperar pacientemente a que la fuerza germinativa, la haga
despertar de su escondimiento. Y pujando hacia
arriba, deje ver, poco a poco, su fruto multiplicado.
Yo, semilla caída de la mano de Dios, tengo ante
mis ojos “la gran Semilla” que, es su Hijo Jesús. “Él,
no valoró botín codiciable el hacerse igual a Dios, sino
que se despojó de su rango (divino) y se escondió en la
naturaleza humana”. Es verdad, una Persona Preciosa, Única,
como no ha existido hombre alguno, pero, al fin y al cabo, “en la
humildad de nuestra carne”, criatura que no es Dios. Jesucristo, con su
ejemplo, nos dice cómo quiere que sea su seguidor: lo
primero ha de ser servidor, de todos. Y servir a
Jesús, lo primero es,
seguirle. Vivir como Él vivió: “mi alimento es hacer
la voluntad del Padre y llevar a cabo “la obra” que Él me
ha encomendado”. Y “su obra”, ya sabemos la que
fue: entregar la vida hasta el final, para rescatar al hombre que
había perdido la amistad con Dios.
Jesús se ha dejado triturar como la semilla que, escondida
en la tierra desaparece. Él, fue sepultado en un
sepulcro, porque aceptó la muerte, una vez por todas, para
liberar al hombre de la muerte eterna. Pero Él, resucitó y volvió a
la vida, porque la Vida, no puede morir. Y su
resurrección, es también la nuestra. No hemos sido creados sino para
vivir. Pero ha sido Cristo el que pagó nuestro precio y nos
ha devuelto a los brazos del Padre, de dónde salimos.
Así, el grano de trigo está hecho, para
dar vida a muchos granos, después de aceptar su “morir a este mundo”.
Y, porque se olvidó de sí, por esto, se le ha
regalado esta fecundidad maravillosa. Cristo, nos dice
que, amarse a sí mismo, por encima del Hijo de
Dios, es una idolatría. Porque, ¿qué es el
egocentrismo sino preferirse a Dios y a los hermanos? Seamos pues, sumisos
y dóciles a esta Palabra de Dios que, nos invita a vivir en
Cristo y de Cristo. Huyamos de pretensiones y mayorías, pues el amor
a sí mismo, está muy arraigado en nuestros corazones
y sólo el Espíritu Santo, y el ponernos bajo su acción, nos hará
cambiar el sujeto de nuestra adoración.
¡Dios y sólo Dios, merece nuestra
alabanza, adoración y nuestra acción
de gracias! Pues siendo nosotros, “una
semillita”, nos ha elevado el rango de Hijo de Dios.
¡Bendito seas Señor ahora y por siempre en todas tus criaturas!





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