"Ventana abierta"
Los cinco minutos del Espíritu Santo
Mons. Víctor Manuel Fernández
El autor nos conduce en estos cinco minutos diarios para abrirnos al Espíritu de Dios y percibir la fuerza de su consuelo.
Cautivada por la entrega radical y feliz de San
Francisco de Asís, Clara decide audazmente seguir sus pasos. En aquella época
era muy difícil para una mujer tomar ese tipo de decisiones. De hecho, cuando
Clara dejó su palacio fue perseguida por sus familiares. En la pequeña iglesia
de Santa María de los Ángeles (la Porciúncula) se consagró a Dios; Francisco
cortó sus trenzas y aceptó su compromiso a los dieciocho años. Luego su
testimonio entusiasmó a su hermana Inés y a dieciséis jóvenes más con las que
formó una comunidad. Alternaban la oración con el cuidado de enfermos pobres.
Una de las normas de esta comunidad era vivir sólo de las limosnas; por lo
tanto, una parte del día se dedicaba a pedir limosna para comer.
Para los que nos entregamos a Dios a medias,
temiendo que él quiera tomarlo todo, sospechando que Dios quiere mutilarnos o
quitarnos algo sin nuestro permiso, el testimonio de Clara nos muestra la
alegría de quien se deja llevar por el Espíritu Santo para vivirlo todo con
Jesús. Clara sabía que una vida que se construye sin el Espíritu Santo está
destinada a la tristeza, al vacío y a la muerte, y que lo que se construye con
él está seguro y tendrá buen fin. Sin máscaras, sin seguridades falsas, sino
apoyándose sólo en el inquebrantable amor divino.
Esta mujer conjugaba en su comunidad
contemplativa los ideales de pobreza, servicio al pobre y vida fraterna. El sueño
comunitario del pobre de Asís se realizaba hermosamente en este grupo de
mujeres pobres, en íntima comunión con Francisco y sus seguidores. En estos
seres capaces de vivir una luminosa comunión fraterna, descubrimos hasta qué
punto el desprendimiento de los seres queridos y de los afectos, cuando es sano
y verdadero, no hace más que multiplicar los lazos del amor. Por eso el
creyente no le teme a la soledad, porque el Espíritu Santo le va otorgando una
firmeza afectiva que le permite tener relaciones sanas, no posesivas ni
absorbentes, y eso le va ganando amistades más bellas y satisfactorias, sin
angustias enfermizas. Pidamos al Espíritu Santo que nos enseñe ese modo de
amar.
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