"Ventana abierta"
P. Leonardo Molina García S.J.
Domingo 20 ciclo C
José Luis Sicre
En el contexto de tres olas de calor extremo y
de numerosos incendios forestales, parece de mal gusto que Jesús se presente
como un gran pirómano ansioso de pegar fuego al mundo. Y no para ahí la cosa.
Los europeos concebimos el mes de agosto como un momento de vacaciones, de
descanso, al menos para muchos. Y las lecturas de este domingo no ayudan a
descansar. Comienzan hablando del profeta Jeremías, arrojado a un aljibe para
que muera (1ª lectura). Sigue la carta a los Hebreos hablando de Jesús, que
soportó la cruz, y nos recuerda que todavía no hemos derramado sangre en
nuestra lucha con el pecado (2ª lectura). Y el evangelio, al deseo de Jesús de
pegar fuego al mundo, añade que no ha venido a traer paz, sino división,
incluso en el ámbito más íntimo de la familia.
No sé qué se atreverán a decir muchos
sacerdotes en la homilía. Algunos quizá opten por el sabio consejo: “En tiempo
de sandías, no hay homilía”. Pero ofrezco algunas ideas a cualquiera que desee
conocer mejor los textos.
Después de las enseñanzas de los domingos
anteriores sobre la oración, la riqueza, la vigilancia, centradas en lo que
nosotros debemos hacer, en el evangelio de este domingo Jesús nos sorprende
hablando de sí mismo: de su misión y su destino. Lo hace con un lenguaje tan
enigmático que los comentaristas discuten desde los primeros siglos el sentido
de estas palabras.
Presupuesto necesario para entenderlo es
conocer la mentalidad apocalíptica, de la que Jesús participa en cierto modo.
Según ella, el mundo malo presente tiene que desaparecer para dar paso al mundo
bueno futuro, el Reinado de Dios.
Lucas va a introducir algunos cambios
importantes en esta mentalidad, reuniendo tres frases pronunciadas por Jesús en
diversos momentos: la primera y la tercera hablan de la misión de Jesús (prender
fuego y traer división); la segunda, de su destino (pasar por un bautismo).
Esta forma de organizar el material (misión – destino – misión) es muy típica
de los autores bíblicos.
La misión: prender fuego
He venido a prender fuego en el mundo, ¡y ojalá
estuviera ya ardiendo!
Lo primero que viene a la mente es un campo
ardiendo, o el fenómeno frecuente en la guerra del incendio de campos,
frutales, casas, ciudades… Esta idea encaja bien en la mentalidad apocalíptica:
hay que poner fin al mundo presente para que surja el Reino de Dios. Esta
interpretación me parece más correcta que relacionar el fuego con el Espíritu
Santo.
El destino: la muerte
Tengo que pasar por un bautismo.
También esta imagen es enigmática, porque
“bautizar” significa normalmente “lavar”; por ejemplo, los platos se
“bautizan”, es decir, se lavan. Esa idea la aplica Juan Bautista al pecado:
cuando la persona se sumerge en el río Jordán, se lavan sus pecados; al mismo
tiempo, simbólicamente, la persona que entra en el agua muere ahogada y sale
una persona nueva. El bautismo equivale entonces a la muerte y el paso a una
nueva vida. Así lo usa Jesús en un texto del evangelio de Marcos, cuando dice a
Juan y Santiago: ¿Sois capaces de beber la copa que yo he de beber o
bautizaros con el bautismo que yo voy a recibir? (Mc 10,38).
Jesús ve que su destino es la muerte para resucitar a una nueva vida.
La misión: dividir
¿Pensáis que he venido a traer al mundo paz?
No, sino división.
Estas palabras se podrían interpretar como
simple consecuencia de la actividad de Jesús: su persona, su enseñanza y sus
obras provocan división entre la gente, como ya había anunciado Simeón a María:
este niño “será una bandera discutida”.
Pero Jesús habla de una división muy concreta,
dentro de la familia, y eso favorece otra interpretación: Jesús viene a crear
un caos tan tremendo (simbolizado por el caos familiar), que Dios tendrá que
venir a destruir este mundo y dar paso al mundo nuevo. Parece una interpretación
absurda, pero conviene recordar lo que dice el final del libro de Malaquías:
“Yo os enviaré al profeta Elías antes de que llegue el día del Señor, grande y
terrible: reconciliará a padres con hijos, a hijos con padres, y así no vendré
yo a exterminar la tierra” (Mal 3,23-24). De acuerdo con estas palabras, Dios
ha pensado exterminar la tierra en un día grande y terrible. Sin embargo, para
no tener que hacerlo, decide enviar al profeta Elías, que restablecerá las
buenas relaciones en la familia (padres con hijos, hijos con padres), como
símbolo de las buenas relaciones en la sociedad: la situación mejora y Dios no
se ve obligado a exterminar la tierra.
Jesús dice todo lo contrario: hace falta acabar
con este mundo, y por ello él ha venido a traer división en el seno de la
familia.
La unión de las tres frases
¿Qué quiere decirnos Lucas uniendo estas tres
frases? Que Jesús anhela y provoca la desaparición de este mundo presente para
dar paso al Reinado de Dios, pero que ese cambio está estrechamente relacionado
con su muerte.
¿Tiene sentido todo esto para
nosotros?
Este mensaje apocalíptico resulta lejano al
hombre de hoy. De hecho, Lucas lo matiza y modifica en el libro de los Hechos
de los Apóstoles: los cristianos no debemos estar esperando el fin del mundo,
aunque pidamos todos los días que “venga a nosotros tu reino”; nuestra misión
ahora es extender el evangelio por todo el mundo, como hicieron los apóstoles.
Y la idea de la segunda venida de Jesús cede el puesto a una distinta: el
triunfo de Jesús, glorificado a la derecha de Dios.
* * *
Por una feliz casualidad, la segunda lectura ofrece cierta relación con el evangelio: el destino de Jesús sirve de ejemplo a los cristianos. La imagen de partida es fácil de entender para los antiguos cristianos, conocedores de las Olimpiadas griegas: un estadio lleno de espectadores que contemplan el espectáculo.
Jesús, como cualquier atleta, se entrena
duramente, en medio de grandes renuncias y sacrificios; sabe, además, que
competirá en un ambiente adverso, hostigado y abucheado por los espectadores.
Pero no se arredra: renuncia a pasarlo bien, aguanta, soporta, y termina
triunfando.
Ahora nos toca a nosotros coger el relevo. Hay
que despojarse de todo lo que estorba, correr la carrera sin cansarse ni perder
el ánimo. Incluso en una época de descanso y vacaciones, es bueno recordar el
ejemplo de Jesús, su entrega plena.



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