"Ventana abierta"
Asunción
P. Leonardo Molina García S.J.
La fiesta de la Asunción que conmemoramos cada 15 de
agosto, nos habla de la plenitud de vida que, desde los
orígenes, los cristianos creyeron, alcanzó María, la madre de Jesús.
Por eso este dogma, proclamado por Pío XII en 1950, responde a la fe del pueblo
y no a una verdad abstracta proclamada por alguna autoridad. Pero este
dogma tiene un doble sentido. En primer lugar, reconocer en María
la primera creyente que participa plenamente de la vida de Dios. En segundo
lugar, la posibilidad que todos los demás seres humanos tienen de vivir
esa misma plenitud. Y a esto último queremos referirnos.
La vida cristiana no es para unos pocos
elegidos que dicen sentir un llamado de Dios. Históricamente los textos bíblicos en que Jesús
invita a los discípulos a seguirle, se reservaron para la vida consagrada y,
precisamente por eso, cuando a alguien le preguntan si tiene vocación, contesta
rápidamente que no es religioso/a o sacerdote. Con esa misma
interpretación se fue reservando para los consagrados un “estado de
perfección” -así se expresaba en los documentos eclesiales- que no podía
alcanzar el laicado. Esto se reforzó con el modelo de Iglesia que
dividía al pueblo de Dios en clero y laicado en el que el primero decidía,
enseñaba y estaba más cerca de Dios y el segundo obedecía, aprendía y sabía que
no tenía la suficiente perfección para llegar directamente al cielo. Podría
pensarse que esta descripción es algo exagerada. Tal vez sí, pero no está lejos
de la realidad, todavía hoy.
Asunción
Sin embargo, con Vaticano II se
renovó la manera de entender la vida cristiana, de ahí que ya no se
usa más la expresión “estado de perfección” y se explicitó mejor el valor del
sacramento del bautismo que hace participes del sacerdocio, profetismo
y reinado del mismo Cristo a aquellos que lo reciben. Desde aquí podemos
afirmar que la vocación cristiana es para todo bautizado/a, y es todo
el pueblo de Dios el que está llamado a la santidad, a la vida de plenitud definitiva
con Dios. Lo que impide que lo consigamos, no es el estilo de vida
escogido: matrimonio, vida consagrada, vida clerical, no casado, etc., sino la
libertad humana que, en cualquier estado, puede darle la espalda al llamado de
Dios y optar por una vida distinta a los valores del reino. La V
Conferencia del Episcopado Latinoamericano y del Caribe (2007) enfatizó
en el discipulado misionero, como vocación fundamental de toda persona que se
encuentra con Jesucristo. Jesús llamó en su tiempo y sigue llamando ahora a
todo aquel que descubre el tesoro escondido en el campo (el reino de Dios
anunciado por Jesús) y se dispone a vivir en ese horizonte (deja todo lo que no
responde al reino) (Mt 13, 44). Esto no desvaloriza la vida clerical o
religiosa, sino que valoriza la vida laical porque en la Iglesia es el entero
pueblo de Dios el que es llamado y convocado por Dios a ser su pueblo, sin
otra distinción, dignidad o perfección que la de ser sus hijos e hijas,
hermanos y hermanas, discípulas y discípulos de nuestro Señor Jesucristo.
Este dogma mariano, entonces, cobra mucho
más sentido cuando lo celebramos no mirando tanto hacia la vida singular de
María sino cuando ella nos inspira a mirar nuestra vida y a decidirnos por el
seguimiento de Jesús.
Seguirlo significa asumir los valores del reino: la justicia, la paz, la
solidaridad, la alegría, el cuidado de la creación, la atención a los signos de
los tiempos, la defensa de la vida, la opción preferencial por los más pobres
de cada momento histórico. Si recordamos el pasaje en el que llegan la madre y
los hermanos de Jesús a buscarlo y le avisan a Jesús que ellos están ahí, Jesús
responde: ¿quién es mi madre y mis hermanos? Y él mismo
responde: Los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen. Es decir, María
no llegó a la plenitud de su vida por dotes extraordinarios, sino por su
escucha de la palabra y su puesta en práctica (Lc 8, 19-21). A eso
mismo estamos llamados todos los creyentes y podemos alcanzarlo, precisamente
porque María, una de las nuestras, pudo conseguirlo.
Asunción de María
Ojalá recordar esta celebración mariana
nos ayude a renovar nuestra vida cristiana y a querer alcanzar la plenitud que
Dios mismo nos ofrece. La
santidad no es cuestión de rezos, inciensos, conventos, liturgias, novenas, y
muchas otras expresiones de nuestra fe. Por supuesto esas mediaciones nos
ayudan a disponer el corazón y a celebrar el encuentro festivo con el Señor.
Pero lo decisivo para la santidad es, como decía el profeta
Miqueas al pueblo de Israel: “Te declaro lo que Dios quiere de ti,
solamente hacer justicia y amar con misericordia” (6, 8). El
seguimiento se realiza en la vida cotidiana, en las opciones que realizamos
en cada momento, en el amor que ponemos en todo lo que hacemos, en la
construcción de un mundo mejor, un país mejor, una sociedad mejor, familias
mejores y ministerios eclesiales, entre ellos, el ministerio ordenado, la vida
consagrada, etc., importantes, no por mayor dignidad o mayor cercanía a Dios,
sino por el testimonio de servicio incondicional que están llamados a vivir y
con el que enriquecen la vida de toda la comunidad eclesial.
Valga esta reflexión para pensar que la
escasez de vocaciones a la vida religiosa y sacerdotal, no significa falta de
vocaciones a la vida cristiana. Es cuestión de secundar por donde el
Espíritu hoy sigue llamando y responder a sus iniciativas. En tiempos
de una iglesia sinodal, la fuerza hemos de ponerla en el pueblo de Dios que
convocado por el mismo Espíritu puede ser luz para las gentes (Cf. Is
9, 2). Tenemos a María de nuestro lado y con ella y como ella podemos alcanzar
todos, como pueblo sinodal, esa vida de Dios en plenitud, caminando
juntos sin privilegios ni dignidades distintas a la de la vivencia del amor que
es “lo único que permanece” (1 Cor 13, 8).



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