"ventana abierta"
De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)
REFLEXIÓN PARA EL VIGÉSIMO OCTAVO DOMINGO DEL T.O. – CICLO B –
“Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes,
dale el dinero a los pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.
El pasaje evangélico que nos propone la
liturgia de hoy (Mc 10,17-30) es el del “joven rico”, llamado así por el
evangelio de Mateo (19,16), que nos presenta este personaje como un hombre
joven y rico. Cabe señalar que ni Marcos ni Lucas (18,18) aluden a la edad de
este hombre. Pero lo verdaderamente importante del pasaje no es la edad del
hombre, sino su riqueza y que era un cumplidor del decálogo. Además, el hecho
de que se arrodilló ante Jesús y le llamó “Maestro bueno”, demuestra que
también lo consideraba digno de veneración.
La pregunta que le formula el hombre rico a
Jesús es tal vez la pregunta más trascendental que podemos hacerle a Dios:
“Maestro bueno, ¿qué haré para heredar la vida eterna?, es decir, ¿qué tengo
que hacer para salvarme? Luego de repasar los preceptos del decálogo con el
hombre, ante la aseveración de este de que cumplía con todo ellos, Jesús lanza
su remate: “Una cosa te falta: anda, vende lo que tienes, dale el dinero a los
pobres, así tendrás un tesoro en el cielo, y luego sígueme”.
Una vez más Jesús enfatiza la radicalidad del
seguimiento. Si queremos ser santos, como Él es Santo, no puede haber nada más
importante que las cosas Dios, que el seguimiento. Ni la familia, ni las
posesiones, ni los títulos, ni los privilegios, ni los honores, ni el dinero,
ni los vicios… En el caso del hombre rico del pasaje de hoy, Jesús nos explica
que no es la riqueza lo que obstaculiza su salvación, es su apego, su confianza
en las cosas de este mundo: “¡qué difícil les es entrar en el reino de Dios a
los que ponen su confianza en el dinero!”
De nuevo, no se trata de que el dinero, de por
sí, sea obstáculo para alcanzar la salvación. Se trata de que ese dinero nos
impida “poner la mano en el arado” sin mirar hacia atrás. Hay personas
relativamente pobres que ponen su confianza en lo poco que tienen. Esas
personas se convierten en unos pobres ricos, porque a esos les será más difícil
entrar al reino de los cielos, que “a un camello pasar por el ojo de una
aguja”.
Y aunque el seguimiento de Jesús que nos
conduce por el camino de la salvación no está motivado por interés o deseo de
recompensa sino por amor, Jesús siempre se muestra generoso con los suyos. Y el
premio que nos promete es el más preciado de todos: “en la edad futura, vida
eterna”, la “corona de gloria que no se marchita” (Cfr. 1 Co 9,25; 1 Pe 5,4).
Hoy, pidamos al Señor que nos conceda ese
“espíritu de sabiduría” de que nos habla la primera lectura (Sb 7,7-11), que
nos permita preferir la sabiduría de Dios por encima de “cetros y tronos”; esa
sabiduría a cuyo lado el oro “es un poco de arena”; esa sabiduría que es
superior a la salud, a la belleza, y que es la única que puede mostrarnos el
camino a la vida eterna. “Busquen primero el Reino y su justicia, y todo lo
demás se les dará por añadidura” (Mt 6,33).

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