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sábado, 11 de abril de 2026

RINCÓN PARA ORAR. "PAZ A VOSOTROS. SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO" Sábado, 11 - Abril - 20026

"Ventana abierta"

RINCÓN PARA ORAR


SOR MATILDE

PAZ A VOSOTROS. SEÑOR MÍO Y DIOS MÍO

9 Al atardecer de aquel día, el primero de la semana, estando cerradas, por miedo a los judíos, las puertas del lugar donde se encontraban los discípulos, se presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: «La paz con vosotros.»

20 Dicho esto, les mostró las manos y el costado. Los discípulos se alegraron de ver al Señor.

21 Jesús les dijo otra vez: «La paz con vosotros. Como el Padre me envió, también yo os envío.»

22 Dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo.

23 A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.»

24 Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Los otros discípulos le decían: «Hemos visto al Señor.»

25 Pero él les contestó: «Si no veo en sus manos la señal de los clavos y no meto mi dedo en el agujero de los clavos y no meto mi mano en su costado, no creeré.»

26 Ocho días después, estaban otra vez sus discípulos dentro y Tomás con ellos. Se presentó Jesús en medio estando las puertas cerradas, y dijo: «La paz con vosotros.»

27 Luego dice a Tomás: «Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente.»

28 Tomás le contestó: «Señor mío y Dios mío.»

29 Dícele Jesús: «Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído.»

30 Jesús realizó en presencia de los discípulos otras muchas señales que no están escritas en este libro.

31 Estas han sido escritas para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengáis vida en su nombre. (Jn. 20, 19-31)

¿Qué hacían los discípulos encerrados en una casa y con las puertas bien atrancadas?: oraban, pero una oración llena de miedo y salida de corazones apocados y con muy poca esperanza en la Palabra de Jesús que les había asegurado que Resucitaría. ¿Cómo es posible para el corazón humano concebir que después de la desgarradora muerte de Jesús, su cuerpo destrozado por la crueldad de los hombres, podía volver a la vida y una Vida Gloriosa? Jesús les había hecho saborear a algunos la Gloria y el esplendor de su Rostro divino y aún así no podían creer. Sus razones eran más poderosas que su fe.

Jesús sabe de qué está hecho el corazón del hombre y más el de cada uno de sus discípulos. No se escandaliza de nuestras debilidades y dudas, sino que abre en nuestro ser caminos de gracia y de gloria. Así, ¡se les apareció vivo!, pero ¡ojo, las puertas seguían cerradas, es decir, la salvación y asombro no les viene a estos hombres de fuera, sino en sus mismos corazones heridos! Y lo primero que Jesús les entrega es la Paz: “¡Paz a vosotros!”. Ésta, les devuelve, iluminada, la fe en Jesús Resucitado, que les habla y sobre todo los conforta en su Amor a Él, al Padre y a la Vida sobrenatural que, hasta ahora, había estado velada por tantas pobrezas humanas.

Y creen la Palabra de Jesús que les asegura que: “¡el Padre me ha enviado al mundo y así yo os envío al mundo”, para una misión angélica!: Perdonar los pecados por el poder y la gracia del Espíritu Santo que recibieron con este mandato de Jesús.

Pero nosotros no estábamos allí cuando Jesús se apareció, y nos pasa algo parecido a lo que vivió Tomás: “¡Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos…, no lo creo!”. Y decimos: “¡qué recalcitrante incrédulo!”. ¡Pues ese somos todos nosotros que nos movemos muchas veces en las evidencias porque la fe en la Resurrección, no nos la podemos dar a nosotros mismos, sino que es un Don de Dios que hay que pedir con grandísima humildad y conocimiento de nosotros mismos!

En las cosas del espíritu no podemos nada, somos como esos niños torpes que solo saben jugar a un juego: el razonamiento y el pensamiento que quiere tocarlo todo y ver todo para sentir a Dios con un: “¡sí creo!” o mejor aún, “¡Señor mío y Dios mío!”.

¡Qué el Señor borre nuestra insensatez y, como hombres espirituales, abrámonos al Espíritu Santo que desea hacer vida en nosotros y esta sobrenatural!

¡Señor, no nos abandones en la suerte de nuestro razonamiento, sino entra de lleno en nuestra alma y danos a gustar de una fe iluminada por destellos divinos que sólo nos pueden venir de tu mano bondadosa y misericordiosa! ¡Qué así sea! ¡Amén! ¡Amén!

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