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miércoles, 8 de abril de 2026

RINCÓN PARA ORAR. "SUBO AL PADRE MÍO Y PADRE VUESTRO, AL DIOS MÍO Y DIOS VUESTRO SUBO AL PADRE MÍO Y PADRE VUESTRO, AL DIOS MÍO Y DIOS VUESTRO" Miércoles, 8 - Abril - 2026

 "Ventana abierta"

RINCÓN PARA ORAR


SOR MATILDE

SUBO AL PADRE MÍO Y PADRE VUESTRO, AL DIOS MÍO Y DIOS VUESTRO SUBO AL PADRE MÍO Y PADRE VUESTRO, AL DIOS MÍO Y DIOS VUESTRO

11 Estaba María junto al sepulcro fuera llorando. Y mientras lloraba se inclinó hacia el sepulcro,

12 y ve dos ángeles de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y otro a los pies.

13 Dícenle ellos: «Mujer, ¿por qué lloras?» Ella les respondió: «Porque se han llevado a mi Señor, y no sé dónde le han puesto.»

14 Dicho esto, se volvió y vio a Jesús, de pie, pero no sabía que era Jesús.

15 Le dice Jesús: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?» Ella, pensando que era el encargado del huerto, le dice: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.»

16 Jesús le dice: «María.» Ella se vuelve y le dice en hebreo: «Rabbuní» - que quiere decir: «Maestro» -.

17 Dícele Jesús: «No me toques, que todavía no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre y vuestro Padre, a mi Dios y vuestro Dios.»

18 Fue María Magdalena y dijo a los discípulos que había visto al Señor y que había dicho estas palabras. (Jn. 20, 11-18)

 

Cuando el dolor por la pérdida de Jesús aprieta tanto el corazón de María Magdalena, la primera discípula del Señor, no se da cuenta de lo que pasa a su alrededor. La tristeza y sus lágrimas ciegan la aparición de dos ángeles que la hablan. Y sus palabras tocan la llaga que la oprime:“¿Por qué lloras?”. Esto es lo que desea decir a estos dos sujetos, y también a la tumba que, ahora está vacía, porque “¡se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto!”.

Contemplamos el Corazón de Jesús Resucitado que no puede resistir al amor de esta mujer que se le ha entregado toda entera y se le aparece. Y en este juego de amor le pregunta de nuevo como los ángeles: “¡Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas!”. No llora por nada de sí, sino por el amor de su alma que ha desaparecido y, aunque muerto, quiere poseerlo. Entonces Jesús se le manifiesta diciendo su nombre: “¡María!”. Su voz es inconfundible al llamarla como tantas veces lo hacía cuando vivía entre sus discípulos. Y ella se vuelve y le dice: “¡Rabbuní!”, “¡Maestro mío!”.

María, en el ímpetu de su sorpresa y alegría, quiere retenerlo, pero Jesús se lo prohíbe porque todavía no había subido al Padre. No ha de querer tocar su cuerpo físico, pues éste ya es un cuerpo resucitado y su relación con Jesús, a partir de ahora, es en la fe. La Resurrección ha marcado una nueva forma de presencia espiritual antes de su subida a los cielos, junto al Padre: “Dichosos los que crean sin haber visto”, ni tocado. Porque “el Padre quiere adoradores en espíritu y en verdad”. Quiere el Padre a los que se le acercan a Jesús en la fe de su Resurrección y en el Amor del Espíritu Santo que es la plenitud de Jesús.

El Padre es lo primero, el Padre de Jesús y después el Padre nuestro. Y es también el Dios de Jesucristo y después nuestro Dios. Allí, en la Gloria de Dios, Él nos espera cuando terminemos esta peregrinación sobre la tierra, porque “los sufrimientos de ahora, no pesan lo que la Gloria que un día se nos descubrirá”. Por esto caminamos en la fe y no en la visión. Pero “tenemos reservada una mansión eterna en los cielos”, porque hemos creído en Jesús y le amamos sobre todas las cosas y sobre nosotros mismos.

En la Luz de su gracia, hemos visto que nosotros somos criaturas y sólo Dios es el Creador de todo y de nuestras almas y cuerpos. Por esto no nos pertenecemos como criaturas. Además, han pagado un precio muy alto por nosotros, para arrancarnos del poder que ejercían las tinieblas del pecado y de la muerte. Y este precio es ¡Oh, sublime bondad la de nuestro Dios!”, ¡la Sangre Preciosa de Cristo, su Hijo, que derramó para rescatarnos!

¡Vivamos en un acto de gratitud y abandono en Dios porque “¡nos ha amado hasta el extremo!”. ¡Que lo haga tu Espíritu Santo en nosotros, que sin ÉI nada podemos! ¡Qué así sea! ¡Amén! ¡Amén!

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