"Ventana abierta"
De la mano de María
Héctor L. Márquez (Conferencista católico)
REFLEXIÓN PARA EL
LUNES DE LA VIGÉSIMA CUARTA SEMANA DEL T.O. (2)
Las lecturas bíblicas
que nos propone la liturgia para el día de hoy (1 Cor 11,17-26.33 y Lc 7,1-11),
aparentemente desarraigadas entre sí, tienen un vínculo que las une. La primera
es uno de los “regaños” de Pablo a la comunidad de Corinto, que tantos dolores
de cabeza le causó, por la conducta desordenada que estaban observando en las
celebraciones eucarísticas, y la desunión que se manifestaba entre ellos. Pablo
aprovecha la oportunidad para enfatizar la importancia y seriedad que reviste
esa celebración, narrando el episodio de la institución de la Eucaristía que
todos conocemos, pues lo repetimos cada vez que la celebramos.
La lectura evangélica, por su parte, nos narra la curación del criado del
centurión. En ese episodio un centurión (pagano), envía unos judíos a hablar
con Jesús para que este curara a su siervo, que estaba muy enfermo. Jesús
partió hacia la casa del centurión para curarlo, pero cuando iba de camino,
llegaron unos emisarios de este que le dijeron a Jesús que les mandaba decir a
Jesús: “Señor, no te molestes; no soy yo quién para que entres bajo mi techo;
por eso tampoco me creí digno de venir personalmente. Dilo de palabra, y mi
criado quedará sano”. A renglón seguido añade que él está bajo el mando de
superiores y a su vez tiene subordinados.
Tenemos ante nosotros a todo un militar de alto rango que reconoce la
autoridad de Jesús por encima de la de él, y que la presencia física no es
necesaria para que la palabra con autoridad sea efectiva. Pero el centurión no
solo le reconoce autoridad a Jesús, se reconoce indigno de Él, se reconoce
pecador. Es la misma reacción que observamos en Pedro en el pasaje de la pesca
milagrosa: “Apártate de mí, que soy un pecador” (Lc 5,8). He aquí el
vínculo entre la primera y segunda lecturas. ¿Qué decimos inmediatamente antes
de la comunión? “Señor, yo no soy digno de que entres en mi casa, pero una
palabra tuya bastará para salvarme”.
Esta actuación del centurión de dar crédito a la Palabra de Jesús y hacer
de ella un acto de fe, lleva a Jesús a exclamar: “Os digo que ni en Israel he
encontrado tanta fe”. Se trata de una confianza plena en la Palabra de Jesús.
Como hemos dicho en ocasiones anteriores, no se trata de meramente “creer en
Jesús”, se trata de “creerle a Jesús”. Es la actitud de Pedro en el episodio de
la pesca milagrosa: “Si tú lo dices, echaré las redes” (Lc 5,5). A diferencia
de los judíos que exigían signos y requerían presencia para los milagros, este
pagano supo confiar en el poder salvífico y sanador de la Palabra de Jesús.
La versión de Mateo sobre este episodio contiene un versículo que Lucas
omite, que le da mayor alcance al mismo: “Por eso les digo que muchos vendrán
de Oriente y de Occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob,
en el Reino de los Cielos; en cambio, los herederos del Reino serán arrojados
afuera, a las tinieblas, donde habrá llantos y rechinar de dientes” (Mt
8,11-12). Vino a los suyos y no lo recibieron (Jn 1,11). No lo recibieron
porque les faltaba fe. La Nueva Alianza que Jesús viene a traernos se
transmite, no por la carne como la Antigua, sino por la infusión del Espíritu.
El Espíritu que nos infunde la virtud teologal de la fe, por la cual creemos en
Dios y en todo lo que Él nos ha dicho y revelado. Y esa está abierta a todos,
judíos y gentiles.
Hoy, pidamos al Señor que acreciente en nosotros la virtud de la fe, para que creyendo en su Palabra y poniéndola en práctica, seamos acreedores de las promesas del Reino.
No hay comentarios:
Publicar un comentario