"Ventana abierta"
La Buena Semilla
Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira,
gritería y maledicencia, y toda malicia. Antes sed benignos unos con otros,
misericordiosos, perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a
vosotros en Cristo.
Efesios 4: 31-32
El agua de la roca: La ira de
Moisés (2)
Éxodo 17: 1-7; Números 20: 8-11
Estando todavía en el desierto, el pueblo habló
nuevamente contra Moisés porque no había agua. Pero Dios cuidaba a la multitud
y quería darle de beber. Entonces dijo a Moisés: “Hablad a la peña a vista de
ellos; y ella dará su agua”. Esta vez Moisés debía hablar a la roca. No era
necesario golpearla una segunda vez. Jesucristo “padeció una sola vez por los
pecados” (1 Pedro 3: 18); no era necesario repetir su muerte. ¿Qué hizo Moisés? El pueblo lo había
irritado y acusado sin razón. Entonces se enojó y levantó la voz: “¡Oíd ahora,
rebeldes! ¿Os hemos de hacer salir aguas de esta peña? Entonces alzó Moisés su
mano y golpeó la peña con su vara dos veces; y salieron muchas aguas”. No dio la
gloria a Dios; procedió como si fuesen él y Aarón quienes hicieron salir el
agua. Con ira golpeó la peña dos veces.
A veces perdemos el control de nosotros mismos.
Por ejemplo, un hijo, un compañero de trabajo o un vecino nos provoca con su
actitud. El tono sube… y hay comportamientos que después lamentamos. En
privado, Dios castigó a Moisés por haber actuado de esa manera; pero frente a
la multitud, ¿los privaría del agua? No, pues la gracia de Dios y su paciencia
no tienen límite. La roca, aunque no tenía que ser golpeada, dio su agua.
Si la ira nos llevó a decir palabras o a tener
comportamientos inapropiados, confesémoslos a Dios y a las personas ofendidas.
Su gracia viene al encuentro de nuestra debilidad. Su amor es inagotable. El
agua fluye y nos refresca.
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